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El flechador del sol

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La mitología mixteca habla de que en el principio de los tiempos, en la región de Apoala, existían dos árboles gigantescos que se profesaban un amor tan fuerte que, venciendo la distancia que los separaba, lograron entrelazar sus raíces y con sus ramas se fundieron en un abrazo eterno.

De esta unión nacieron los primeros hombres y mujeres que poblaron la Tierra, y ellos y sus descendientes fundaron la ciudad de Achihutla.

Con el paso del tiempo la población continúo creciendo hasta que la ciudad era insuficiente para albergarlos a todos, por esta razón, Tzauindanda, gran guerrero de este pueblo, decidió salir en busca de nuevas tierras donde pudieran erigir su ciudad, así que tomó su arco y sus flechas y salió de la ciudad en busca de aquel lugar deseado.

Pasaron los días y el joven guerrero no encontraba ningún lugar digno hasta que cierto día llegó hasta una vasta extensión de tierra, ideal para su pueblo.

Dejó correr la vista por todo el terreno, tratando de encontrar al poseedor de ellas para disputarselas, pero ahí no había nadie. De pronto, levantó la vista y vio al Sol, brillante y esplendoroso, cual si fuese el dueño de aquellas tierras. Y mientras lo contemplaba, sintió cómo sus rayos castigaban su piel morena cual si se tratase de afiladas flechas que le lanzará desde la altura.

Tzauindanda tensó su arco y lanzó todas las flechas que llevaba consigo, dispuesto a vencer a aquel poderoso contrincante. Al atardecer, Tzauindanda notó cómo el Sol se retiraba tras las montañas, herido y bañado en el rojo de su sangre; por fin había derrotado al Sol y proclamó a su pueblo poseedor de aquellas tierras.

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